lunes 10 de octubre de 2011

La niña profetisa-Cuarto Milenio 1/2

La niña profetisa Cuarto Milenio 2/2

lunes 27 de junio de 2011

EL NIÑO EMPALADO DE ALCÁZAR DE SAN JUAN

EL NIÑO EMPALADO DE ALCAZAR DE SAN JUAN



Señor.

Con noticia que tuvo en el Consejo de que en la villa de Alcazar de San Juan se había hallado un niño muerto y empalado de unos tres años. Se escribió al Tribunal de Toledo para que enviase ministros a la averiguación de los hechos, siendo el Juez Eclesiástico. Y habiéndose en su cumplimiento nombrado ministro, con consultas y orden del Consejo al Secretario D. Juan de Soria Reynoso, luego que llegaron a dicha villa proveyeron auto para que se le notificase a la justicia seglar para que entregasen copia autorizada de los autos que habían formado; y que las personas que estuviesen presas no las soltaran sin orden del Santo Oficio.
Habiéndosele notificado respondieron que estaban presos Matías Clemente, de oficio leñador y jornalero, Alfonso Cristóbal Naranjo, Quintina Mayoral, Feliciana y María Delgada; y que en vista de los autos y respuestas pasaron al examen y declaración de los testigos.

Primeramente declara Catalina López, madre del niño en fecha 9 de agosto víspera de San Lorenzo sobre las nueve y diez de la mañana.
Dice, que había mandado a un hijo suyo de cinco años a por un cuarto de berenjenas a la plaza llamado Francisco. Que junto al dicho niño martirizado iba también su hijo llamado Antonio que fue en su compañía, y que al poco rato volvió Francisco sin Antonio. Preguntándole la testigo por él, le respondió Francisco que Antonio se había quedado en la Plaza. La testigo tomó la mantilla y habiéndole buscado por varias calles y no habiéndole encontrado le mandó pregonar, y a pesar del anuncio público no le hallaron. Que a las diez de la noche llegó a su casa un alguacil diciendo que el señor Alcalde la llamaba, que fue la testigo y el Alcalde le preguntó si ella o su marido que estaba en Madrid a buscar su vida de zapatero, si habían tenido con algunos del pueblo enemistades. La testigo le respondió que no y que con esto se volvió a su casa, y que como a las doce de la noche fueron a su casa el Alcalde y el escribano Alfonso Jiménez, el Médico y dos cirujanos con mucha gente los cuales traían al niño muerto en una cabalgadura menor. Lo pusieron sobre un bufete y se encerraron en un cuarto sacando fuera del mismo a la testigo y a las demás gentes. Jura sin saber las diligencias que ejecutaron, y que luego le entregaron a la testigo el niño previniéndola no lo enterrara hasta que volvieran. Que la testigo le reconoció y no le conocía por el rostro por lo desfigurado que estaba, aunque si por el vestido. Que los ojos los tenía muy abiertos y grandes, como redondos, y que el niño andaba sin zapatos ni medias; que reconociendo el cuerpo por la parte de los muslos y atrás a la espalda, hallo que estaba acardenalado con manchas distintas blancas y negras y las carnes de las referidas partes landas y en los pies por las plantas tenía como de haberle dado con algunos cardos o espinas, y señales de haberle clavados las espinas, y detrás de una de las orejas tenía un agujerito que no pasaba al otro lado, como de haber metido una aguja de ensalmar.
Juan Chocano, padre del niño, refirió que estaba ausente cuando el suceso, y que luego que vino lo oyó a varios sujetos y a su mujer como queda referido, y que el médico D. José le refirió que por el orificio posterior le metieron al niño como una ballesta de escopeta, y que el testigo no había tenido enemistades con nadie ni presumía quién lo podía haber hecho.
Fr. Francisco de la Madre de Dios Ministro del convento de la Santísima Trinidad en dicha villa dijo, que acosa de las Aves Marías del día del suceso fueron unas personas, y un cuarto de hora antes, Gregorio Martín Izquierdo albañil le dijo al testigo con admiración, congoja, afligido y llorando, que una hija de éste llamada Quiteria y una vecina tuvieron ganas de ir a un majuelo que tenía junto al pozo de Tello. Que yendo ambas por el camino hacia el lugar mencionado, encontraron un niño ya difunto sin saber de quién era. Y preguntando el testigo si el niño tenía algunas señales, le respondieron que no lo sabían. Le dijo que llamaran a dichas mujeres para saber como habían hallado al niño, presentándose dicha Quiteria y dos vecinas suyas. Preguntándole el testigo que es lo que había sucedido, respondió una de las vecinas que yendo al pozo del Tello aquella tarde como a las cuatro, vieron entre el rastrojo en una tierra del Alcalde un bulto que le pareció el de una criatura acostada; que fueron a reconocerlo y vieron que era una criatura con ojos y boca abierta, estando distante del camino como a diez o doce pasos. Que pareciéndoles que estaba difunto les dio algún miedo.
Dice este testigo que llegando hasta aquí la expresión de dicha mujer anciana, dijo la Quiteria asustada y sobresaltada, yo me atreví a llegar y reconocer lo que era y halle lo mismo que les había parecido. Y que levantando del suelo al niño empezó a llorar abrazándolo y besándole, y que discurrieron todas que la muerte de aquella criatura había sido ocasionada del rigor del sol. Y que preguntándole el testigo si habían reconocido alguna lesión, heridas o golpes en el cuerpecito, dijeron que no, que tenía una cara como una rosa y que al tiempo de levantarle sintió la Quiteria humedad en las manos como de haberse orinado dicho niño, y que le salió porción de ventosidad por la boca que tenía abierta. Que por la humedad le reconocieron y registraron y entonces vieron que era un niño. Que hallándose con dicho caso decidieron tapar el cuerpo para que no llegase hasta el ningún perro ni ave a comérselo, y hecho volvieron con el agua que había sacado del pozo del Tello. Las mujeres le dijeron al testigo que diese parte a la justicia, se la dio el testigo al Alcalde D. Juan Antonio de Maza, y que había oído decir que la justicia tenía presa a dichas mujeres. Que el testigo no podía formar juicio de que dichas mujeres pudieran ser cómplices en el homicidio del niño.
El Médico D. José dijo: que a las nueve de la noche de dicho día le llamó el Alcalde para que fuera con él a media legua de distancia del lugar haber un hombre, y que decía estar murto para reconocerle. Y que habiendo ido el testigo con el dicho Alcalde, le dijo éste que era para el niño que poco antes habían pregonado. Que con efecto fueron el testigo, el Alcalde y el escribano un ministro llamado Ventosa, Juan Rubio y Juan Arias cirujanos, Diego del Barco y otros. Que llegaron al sitio que llaman el pozo de Tello y vieron al niño que estaba boca arriba echado en una zanjita apartada del camino, que tenía el niño los ojos abiertos y resplandecientes, que aunque era de noche se veía con la luna, y que estaba cubierto con su camisa, una falda y una pañoleta, vestido sin reconocerse que hubiese sido desnudado. Que el testigo reconoció estar muerto, que el Alcalde mandó al Ministro que le tomase en las manos y montar en un pollino, y que de esta forma a las doce le llevaron a casa de los padres. Que encerrados en un cuarto el testigo, Alcalde, escribano, los dos cirujanos y Manuel de Parraga, le quitaron al niño los vestidos y puesto sobre un bufete vieron estar todo el cuerpo lleno de cardenales como si hubiera recibido abundancia de azotes, y como si lo hubiesen hecho con ortigas; en la parte del cuello posterior tenía un gran cardenal que subía y bajaba como de tres dedos más o menos, y que todo el cuerpo estaba así universalmente mortificado, teniendo otros azotes propios de vara o látigos teniendo en la parte del pecho algunos espacios libres que no se habían azotado. Que reconoció la parte del orificio posterior relajada y abierta más que lo natural, y que dividiendo el testigo con los dedos las dos nalguitas que comprimen el orificio, registró con la vista casi todo el intestino recto manifestando que por aquella parte se había cometido alguna violencia de instrumento que no podía asegurar cual fuese. Y que para hacer el juicio más cabal probó con un hijo de la misma edad que el difunto, y que cuando estaba dormido boca abajo apartó sus nalguitas para ver el orificio y comprobar el tamaño del de su hijo con el del niño difunto, hallando la contraria y la imposibilidad de que en lo natural pudiese ser menor que con la violencia. Y que aunque se pudiese dudar por la disparidad que hay de un cuerpo muerto al de un cuerpo vivo, se responde dos cosas: primera, en el cuerpo vivo estaba el sueño presente, y este impedía el ejercicio de la facultad sensitiva, lo segundo, el orificio del niño difunto le faltaba la natural astricción que aquella parte tiene. Prosigue éste testigo diciendo, que a la mañana del día subsiguiente pasó en compañía de Juan Rubio y Cristóbal Martín cirujanos, y que estando solos volvieron a reconocer el cuerpo del niño y encontró más claramente la abundancia de los cardenales que había reconocido la noche antecedente con el color morado de la sangre coagulada en el ámbito del cuerpo. Que asimismo notó con los dos cirujanos referidos, como las uñas y cabezas de los dedos de las manos del niño estaban negras al modo cuando se coge un dedo con una puerta, no estando de tan oscuro color, demostrándose que en aquella zona el niño recibió violencia. Y que también el testigo y los cirujanos reconocieron en el prepucio del niño un manifiesto cardenal como si hubiese sido apretado con algo, estando lo restante de aquella parte sana y sin demostración de golpe alguno y no notando separación en carne. Pero no podía asegurar el testigo si era circuncisión, porque no reconoció efusión de sangre ni de estar cortado el cabestrillo. Y que no notaron otra lesión en parte alguna del cuerpo ni se volvió a reconocer, y no tenía noticia de quién podía ser el agresor.
Los cirujanos declararon lo mismo que el antecedente, diciendo Juan Rubio, que la contusión que tenía en la nuca por la parte posterior del cuello era como de cuatro dedos inmediata al nacimiento del pelo, manifestaba haberle atado alguna soga porque las señales le circunvalaban el pescuezo.
Cristóbal Martín cirujano dice prácticamente lo mismo que el resto de sus compañeros, y añade, que en la parte de los riñones el niño tenía la piel levantada de la zona como de haberle con cuatro o cinco dedos arañado y que no sabe quien puede haber sido el agresor.
El Alcalde dice, que coincide en todo lo que dicen los cirujanos y médico, y que lo que más le sorprendió fueron las uñas de los pies y manos acardenaladas, como si hubiesen sido comprimidas con instrumento violento. Que no se había podido descubrir a los agresores; que se hicieron diligencias de haber enviado hombres la noche del suceso a lugares circunvecinos para saber si hallaban alguna noticia o rastro del agresor.
Feliciana Delgada, presa en la cárcel Real por la muerte del niño, de estado casada con Matías Tejuelo de 35 años de edad, una de las que encontraron el niño que luego entregaron al religioso de la Santísima Trinidad. Refirió el suceso diciendo, de haber encontrado el niño como lo refiere el dicho religioso, y añade la testigo, que fueron a la laguna quedando a María con la cabalgadura en la viña de Gregorio Mayoral para dar cuenta al guarda de si sabía que anduviesen buscando a una criatura que se habían encontrado muerta. Que el guarda respondió aconsejándolas, no echasen por el mismo camino, y sin embargo la testigo y compañeras echaron por el mismo camino, y que habiendo tomado el agua antes de llenar los cántaros, vieron a un hombre como a un tiro de honda de la viña de dicho Gregorio que dista del sitio donde encontraron el niño como tres tiros de honda; y que reconocieron la testigo y sus dos compañeras, que estaba dicho hombre desalforjado el coleto, dando vuelta como asustado y sin concierto alguno con un garrote. La testigo y compañeras lo extrañaron, y dijeron si sería aquel hombre el que hubiese hecho el daño al niño; que dicho hombre se detuvo y quedó donde se estaba, y la testigo y las compañeras se vinieron, y que viendo que venía una galera de D. Juan Saavedra la aguardaron para ir en compañía; y que los mozos que la traían eran Miguel y otro, y la testigo y Quiteria Martín se metieron con ellos en la galera y le contaron lo sucedido. Dicho Miguel les dijo que no era bueno traer la criatura, se quedaron en el pozo los mozos del convento de la Trinidad y luego que llegaron al pueblo fueron a la casa de una tía del niño llamada María de la Cruz y se lo contaron.
Miguel de Olivares el que llevaba la galera dijo, que las mujeres se metieron en la galera pero que era falso que le contara cosa alguna del niño.
Bernardo de Flores criado del convento de la Santísima Trinidad dijo, que la tarde del suceso fueron el testigo y un zagal al pozo del Tello a llenar una cuba de agua, y que alcanzaron haber a Feliciana, a una sobrina suya y a Quiteria Martín; que se dieron las buenas tardes, que llenaron una carga de agua, y que en este tiempo llegó Manuel el Tendero guarda de la Laguna, bebió y se volvió. Que al tiempo de estar llenando el testigo la cuba, pasó por el camino corriendo un hombre llamado Cristóbal Naranjo que está preso, y que iba con un garrote en la mano, el coleto desabrochado y caminando hacia el lugar. Que a la mitad del camino le alcanzó el testigo con su galera y que le preguntó de donde venía, y que le respondió que de un majuelo, y subió a la galera hasta el lugar.
María Delgada sobrina de la Feliciana dice, que el hombre que vieron con el coleto desabrochado y con un palo en la mano daba vueltas aturdido sin montera ni sombreo, y que fue a carrera abierta hacia el pozo y que luego que vio gente se detuvo en un hondo y no le volvieron haber.
En este estado se puso testificación por el secretario, de que habiendo examinado al chiquillo hermano del niño que se hallo muerto, le hicieron varias preguntas, que será de cuatro o cinco años, y que con su razón dio a entender que su hermano fue con él a la plaza a por un ochavo de berenjenas, que no las había y que se había ido a la fabrica con un hombre que le llamó, no dando el niño más explicaciones.
Cristóbal Naranjo preso en la cárcel Real y a quién dicen algunos testigos que vieron con el coleto desabrochado y un palo en la mano, dijo que dicho día salió del lugar después de las doce con dos cabalgaduras menores, y llevó dos cargas de albardín a la salistrería, que a las seis de la tarde volvió a salir de su casa en cuerpo con una montura vieja y un garrote en la mano, el coleto desabrochado y solo, y que se encaminó por el camino del pozo de Tello a un majuelo suyo, y que en el mismo pozo estaba Manuel el Tendero con los mozos del convento de la Trinidad, y que dicho Manuel le preguntó al testigo que donde iba, y éste le respondió, que a su majuelo. Y que habiendo llegado a su majuelo, al poco rato volvió a dicho pozo donde estaban dichos mozos de la Trinidad, y el testigo se entró en la galera y fue con ellos al lugar.
En este estado se proveyó auto para volver a examinar a Manuel Mendoza para que declarara el motivo que hubo para no dar cuenta inmediatamente a la justicia de haber encontrado a dicho niño muerto, faltando a la obligación de cristiano.
Y en su cumplimiento dijo, que su intención era ir a confesarlo para que al confesor diera cuenta a quién le pareciera, porque el como forastero no se atrevió por si le venía algún riesgo, y como reparó que las mujeres habían visto la criatura lo dejó de hacer asegurándose de que las mujeres se lo habrían llevado por no haberlo vuelto a ver.
En este estado se proveía auto para reconocer los dos sitios donde se encontró el niño muerto y donde estaba enterrado.
Y constó que la primera vez se halló en un año tal baldío lleno de tomillo y atochas, a la mano derecha del camino del pozo el Tello media legua de la villa, y que desde el camino cualquier persona que pase por el, precisamente a de descubrir el pequeño bulto que haya donde se decía haber estado el niño. Y que el sitio donde le encontró la Justicia Real era una zanjita que estaba diez u ocho pasos del camino, estando distante de la villa menos de tres cuarto de leguas teniendo de un sitio al otro 550 pasos.
Y también constó estar enterrado el niño en una bóveda del convento de San Francisco.
Estas diligencias se entregaron al Tribunal con carta que está al principio. Los autos de la Justicia Real no tienen cosa sustancial.

sábado 25 de junio de 2011

EL NIÑO CRUCIFICADO DE CONSUEGRA

EL NIÑO CRUCIFICADO DE CONSUEGRA

Fermín Mayorga


En España tenemos tres casos representativos de esos santos ficticios a quienes todavía se les rinde un fervoroso culto. Uno de ellos es el llamado «Santo Niño de La Guardia» (Toledo), que provocó en 1491 un proceso organizado por el Gran Inquisidor General y confesor privado de Isabel la Católica, Fray Tomás de Torquemada, hijo de judío converso. Este siniestro personaje, que se estima llevó a la hoguera a más de 10.220 personas, destacó especialmente por su crueldad. Pero lo triste del caso es que el famoso niño nunca existió ni, por supuesto, el crimen que se supone cometieron los judíos.
La versión más difundida de la historia dice que un niño de cuatro años de edad, hijo de Alonso Pasamontes y Juana «La Guindera», había llevado a su madre ciega a pedir limosna a la catedral de Toledo. Entonces, aparecen unos judíos malvados -los sacamantecas oficiales-, que raptan al niño en la Puerta del Perdón y se lo llevan al pueblo de La Guardia. El judío Juan Franco, vecino de esta localidad, le tuvo en su casa (en realidad, una cueva en el cerro) y allí comenzaron sus tormentos.
No pierdan detalle de lo que la tradición nos dice respecto al asesinato del niño. Es un calco, en carne viva, de la pasión y muerte de Jesucristo. Le raptan un 15 de agosto y una vez en el refugio (la llamada cueva del Cerro) le cambian el nombre por el de Cristóbal, le sacan a la huerta para que allí haga oración, le dan unos cuantos azotes en su cuerpo desnudo, le atan a una columna o palo que hincan en el suelo, le coronan con espinas, le hacen cargar con una cruz y por el camino, mientras es conducido a la cueva, se cae tres veces. Por último, le crucifican y, ya para remate, le sacan el corazón. En ese mismo momento, milagrosamente su madre recupera la vista.
El supuesto crimen no hubiese trascendido si no hubiera sido porque, además, los judíos necesitaban una hostia consagrada para hacer un hechizo y envenenar así las aguas de Toledo, matando a todos los cristianos. Finalmente, gracias a Juan Gómez, el sacristán de la catedral, lograron hacerse con una sagrada forma y realizaron el oportuno conjuro sobre el corazón y la hostia.
Sin embargo, como no consiguieron ningún resultado, se decidió que Benito García de las Mesuras, uno de los cabecillas, fuese a la sinagoga de Zamora a consultar con los rabinos qué había salido mal. Pero el judío en cuestión, no muy avispado al parecer, se llevó la hostia y el corazón del niño envueltos en un pañuelo. De camino se detuvo en Ávila y acudió a la catedral a rezar para despistar a propios y extraños. Guardó la Sagrada Forma en su libro de oraciones y éste, de pronto, se empezó a iluminar misteriosamente. La gente dirigió la vista hacia aquel hombre y vio entonces la cara de estupefacción del judío, que no daba crédito a lo que estaba pasando. Lo llevaron al tribunal y allí confesó y enseñó sus dos reliquias: la Sagrada Forma y el corazón todavía chorreando sangre. Para qué seguir... Delató a sus compinches y los ejecutaron a todos en Ávila.
El relato que nos presenta la más piadosa tradición tiene las señas de identidad características de las burdas leyendas antijudías y está plagado de incoherencias. A saber: los judíos se van a buscar a un niño a Toledo, para matarlo luego en La Guardia; le quieren arrancar el corazón y, por lo visto, estos facinerosos no sabían mucha anatomía humana porque, al ir a pincharle en el lado derecho, el santo niño -que a pesar de sus cuatro añitos sabía más que ellos- les dijo que buscaran el corazón en el lado izquierdo; la crucifixión y muerte acaece un Viernes Santo; y, sobre todo, nunca aparece el cadáver, detalle que se interpreta convenientemente como indicio de su resurrección.

El incidente del santo niño es, según la leyenda, la gota que rebosó el vaso de la santa paciencia cristiana y el motivo que decidió a los Reyes Católicos a expulsar a todos los judíos. Estamos, como es obvio, ante una clara orquestación de propaganda para que a la unidad política y lingüística de España se sumara una unidad monolítica y excluyente en lo religioso. Como si fuera poco, algunas versiones aseguran que el hecho de que el niño fuera llevado de Toledo a La Guardia es porque suponían que esta localidad y su comarca eran muy parecidas a Palestina, para que al ritual no le faltara de nada. Sin embargo, es significativo que nunca se hayan encontrado los documentos originales del proceso incoado por la Inquisición contra estos judíos a finales del siglo XV.
Desde este rocambolesco episodio, el Santo Niño de La Guardia fue convertido en una especie de héroe y elevado a los altares por decisión popular (que no eclesiástica, ya que no está canonizado por la Iglesia). Únicamente hay culto en dicha localidad y tan sólo en el santoral de la Diócesis de Toledo le reconocen la santidad y la correspondiente fiesta.
Siempre se ha dicho que la fe es ciega y que mueve montañas, y debe ser cierto, porque gracias a la intercesión de este apócrifo santo toledano se han realizado milagros y curaciones. Los exvotos han ido acumulándose en su ermita en agradecimiento a este niño legendario de quien no existe el menor rastro histórico.

Santo Dominguito de Val

Aunque menos sonados, existen otros dos casos con las mismas características en nuestro país. En la catedral de la Seo de Zaragoza se conserva una urna-relicario con el cráneo y las manos de Santo Dominguito de Val y, además, existe una capilla en su honor. ¿Quién era este muchacho? Si hemos de creer la leyenda, otra víctima de los perversos judíos.
Al menos, en este caso existe un supuesto cuerpo del delito. La crónica (apócrifa, según la mayoría de los historiadores) dice que el niño Domingo de Val nació hacia 1243. A los siete años de edad entró a formar parte del coro de La Seo y era parroquiano de la iglesia de San Gil. Al poco tiempo fue objeto de un rapto en plena judería de Zaragoza y le crucificaron de una manera parecida a la de San Cristobalito, el 31 de agosto de 1250.
La leyenda dice que su muerte obedeció a una pragmática que los judíos formularon en su aljama, consistente en librar de impuestos, pechas y alcabalas a quien entregase a un niño cristiano para renovar en él la Pasión de Cristo. Con este maléfico propósito, el hebreo Albayaceto raptó al niño y lo entregó para ser crucificado. Con una lanza le abrieron el costado «muriendo mientras cantaba gozos y motetes» (sic), Luego le cortaron la cabeza y las manos y tiraron los restos al pozo de San Lázaro, un remanso del río Ebro, junto a la última arcada del puente de piedra cercano al Pilar, a la vez que lo que quedaba del cuerpo era sepultado secretamente.
El rescate de su cadáver por unos pescadores del Ebro se debió a una señal milagrosa: fueron alertados por el avistamiento de luces extrañas que señalaban exactamente el pozo al que fue arrojado. Cuando el pueblo se enteró del crimen, sacaron los cuchillos largos y pertrecharon una matanza de judíos en toda regla. El culto de este niño está hasta hoy extendido por todo Aragón, aunque es en Zaragoza donde le tienen por protector y patrono los infantes de la escolanía de la ciudad (llamados infanticos).
El tercer Santo Niño famoso es el de Sepúlveda (Segovia) a quien también habrían asesinado en un Viernes Santo, remedando escenas de la Pasión de Cristo con idéntico esquema: lo raptaron en la Navidad de 1468 en la aljama de Sepúlveda -siguiendo orientaciones de su rabino Salomón Picho- y después le torturaron, crucificaron y mataron. El obispo de aquella época, Juan Arias Dávila, detuvo a 16 hebreos, que fueron quemados en Segovia. Algunas hordas de gente armada atacaron de paso la aljama y se tomaron la «justicia» por su mano matando a otros cuantos judíos.
Ciertamente, no eran episodios excepcionales. Desde muchos siglos antes de que Roma diera Bula a los Reyes Católicos para reinstaurar la Santa Inquisición, periódicamente las turbas se dedicaban a llevar a cabo estas matanzas cuando, por el motivo que fuese, se necesitaba un chivo expiatorio a quien cargar la culpa de lo que fuere: desde desastres naturales a sacrificios infantiles imaginarios. Y a pesar de que las matanzas han dejado de celebrarse, el testimonio de la sangre de niños martirizados pervive aún en el fervor religioso popular.
Nuestro siguiente niño crucificado es real, documentado, martirizado y emparedado en la villa de Consuegra, lo que puede poner de manifiesto, que posiblemente algo de real hubiese en algunos de los presuntos casos anteriores. La falta de documentos de los mismos es lo que determina el que se tenga poca o ninguna seguridad en los hechos acontecidos en La Guardia, Sepúlveda o en el caso del niño de Zaragoza. Los documentos encontrados en el Archivo Histórico Nacional del niño crucificado de Consuegra, son los primeros que ponen de manifiesto la existencia de estos sádicos martirios infantiles. El año en que se crucificó a tal muchacho lo desconocemos, ya que el albañil que encuentra los restos del niño de Consuegra lo hace por 1797 siendo su cuerpo un esqueleto como tal.

DOCUMENTO DEL NIÑO CRUCIFICADO EN CONSUEGRA.


El fiscal del Santo Oficio de Toledo, por haberse hallado un niño crucificado en una casa de la villa de consuegra.

Resulta que el 19 de abril de 1797, D. Agustín Domínguez capellán de honor y adjunto, remitió al Tribunal de Corte una carta que había recibido por el correo escrita por Juan Sánchez Delgado vecino de la villa de Consuegra, en que para descargo de su conciencia, le decía el lance que le había referido Vicente Santo Cardiel alias “el Baile de la Hijaza”, peón de albañil y en presencia de Roque Pérez.
El tribunal de Corte remitió esta carta al de Toledo a cuyo distrito corresponde, y éste acordó el reconocimiento y examen de contestes y demás diligencias practicadas.
En efecto reconoció suya la carta el delator de edad de 53 años escrita de su propio puño a D. Agustín Domínguez.
Examinado en 22 de mayo de dicho año Vicente Santos Cardel vecino de Consuegra, de oficio albañil y enterrador en la parroquia de dicha villa de edad de 37 años, dijo: que estando trabajando en su oficio de albañil en una casa de aquel pueblo, había encontrado un cuerpo humano de mujer o niño. En la ratificación añade el testigo que se le olvido decir en la declaración, que cuando se presentó al alcalde fue a presencia del escribano Francisco López, numerario en aquella villa por ante quién le pidió juramento y en virtud de él le preguntó ¿Qué es lo que ha visto en la casa del Juez de Rastra y si es la verdad?
Dijo que el comisario hizo reconocimiento y extracción de los huesos en la casa citada con asistencia del alcalde ordinario, varios presbíteros y Vicente Santos, siendo señalado por éste el sitio y escacado, se encontraron los escombros del blanqueo de cal y trozos de yesones, y entre ellos, hasta 120 menudos fragmentos de huesos que parece ser un cuerpo humano joven, no conservando ninguno su integra forma y figura. Siendo preguntado en aquel acto el citado Vicente Santos si los había molido y quebrantado cuando los enterró, ya que no se encontró ninguno entero como era regular, dijo.
Que para desclavar de la pared al citado niño le dio con la piqueta por lo que discurría que todo se haría harina, que habiendo reconocido el nicho en donde estaba el niño emparedado, este tendría un hueco de cuatro tercias de largo, dos de ancho y una de profundidad, y después de este reconocimiento pasó el comisario acompañando a los asistentes a la parroquia y depositaron los huesecitos en un cajón del camarín de dicha parroquia.
Asimismo en cumplimiento de lo acordado por el tribunal informó al comisario que se suspenda esta causa y anote en su letra.
Saquen sus propias conclusiones.

LA CLÉRIGA DE ZAFRA

LA CLERIGA DE ZAFRA

Fermín Mayorga


La renuncia a los bienes materiales y a otras mundanas satisfacciones que impone la vida religiosa para quienes se consagran al cuidado de las almas, a veces, no resulta fácil de sobre llevar y, determinados individuos no llegan a asumir de buen grado las frustraciones de la vida clerical.
Pero si en nuestros días es relativamente sencillo rectificar una errónea vocación de entregar la propia existencia al servicio de Dios, en el periodo dentro del cual se movía nuestro protagonista, la vida de clérigo, de hombre entregado a Dios, no solía ser algo por lo que la persona optase libremente, sino que venia impuesta al hilo de los diferentes avatares del destino, y sobre todo, por constituirse en una salida honrosa para todos aquellos que no encontraban otros arbitrios con que ganarse el sustento.
Una vez puesto él habito se hacía voto de obediencia, pobreza, y castidad, pero nuestro epicúreo y alegre presbítero, no soportaba el peso y el sacrificio inaudito del voto de castidad. Sus instintos naturales no los podía reprimir, por todo lo cual, sus más que manifiestos atavismos de libertad le hacían romper los más que marcados y longevos prejuicios mentales. La naturaleza imponía su razón como madre y maestra, anunciando y señalizando en la vida del tonsurado extremeño, sus más que evidentes y apetecibles caminos a seguir en su congénita y connatural intimidad.
La inquisición de Llerena ante las denuncias de los “perfectos” cristiano ponía su maquinaria en marcha. Comenzaba la persecución de “la iglesia santa contra la iglesia hereje”, “el bien y el mal” enfrentados, lo natural contra lo “divino”, el teatro donde se fraguaría tan fuerte batalla la villa de Zafra en Extremadura.
El personaje que nos ocupa era un sacerdote llamado Juan Díaz Donoso, este miembro de la iglesia ejercía su ministerio en la villa de Zafra. El único pecado que cometió Juan Díaz fue el haber nacido hermafrodita. Los hechos delatados suceden en 1634, y el denunciante será un miembro de la inquisición de Llerena llamado Juan Vallejo, el cual, escribirá una carta al obispo de Badajoz contándole los acontecimientos.
El proceso inquisitorial de Juan donoso se encuentra en la sección Inquisición del Archivo Histórico Nacional, legajo 4570 caja 3. La lectura completa del manuscrito me permitió pensar y soñar en la posibilidad de escribir este artículo, pues como se verá a lo largo de sus páginas, el sumario presentaba los ingredientes suficientes en cantidad y en calidad para animar tal propósito.
Tengo que confesar que éste personaje me cautivó por su forma tan autentica y real de vivir su libertad. Poco o nada le importaban los comentarios que vecinos y habitantes de Zafra pudiesen verter de su persona. Sabía lo que se jugaba, pero su sentir natural estaba por encima de imposiciones obligadas que solo conducían a vivir amargamente su vida de ser humano. Decía lo que pensaba, y vivía como sentía, pero algunos seguidores de Barrabas no iban a dejarle tranquilo. Esta es la historia de un clérigo extremeño. La de un joven que luchó por su identidad natural en tiempos difíciles para tales menesteres. La crónica de un suceso sucedido en la villa donde ejercía su ministerio sacerdotal, Zafra, un pueblo del Ducado de Feria situado en un amplio valle entre las sierras del Castellar y San Cristóbal. Una localidad donde los vecinos de la misma conocían a Juan Díaz Donoso con un hipocorístico muy particular, con el sobrenombre de “La Clériga de Zafra”.


Llerena 3 de agosto de 1634. De un caso muy particular y extraordinario, que necesita de remedio. Doy cuenta a V. A. Y es que en la villa de Zafra, esta un clérigo que se llama Juan Díaz Donoso, el cual es hermafrodita.
Se sabe de muy cierto, que por dos veces a estado amancebado con dos hombres, habiendo solicitado a uno de ellos, el casarse con éste. Diciendo, que dejaría los hábitos por ser mujer. Se dio cuenta de este caso al tribunal hace más de un año, teniendo el comisario detenido a un cómplice en casa de un familiar del Santo Oficio de Zafra dando quejas al tribunal. Este comisario buscaba se examinase tal delito, y le respondieron que lo soltase, porque no tocaba al santo oficio calificar este acontecimiento.
Recorriendo yo los cuadernos de comisión halle este caso, y Vd. de la delación, y extrañando este decreto, hice los apuntamientos en derecho (que van con esta) mostrándolos a mis colegas para calificar. De ningún modo, han querido tratar de ello, porque existe decreto del tribunal al respecto y no quieren alterar el mismo. Yo, volví a escribir al comisario, pidiendo me avisase de cómo estaba transcurriendo la vida de este clérigo. Respondiendo, que el caso es particular.
Yo hallo, que el caso en derecho debe de ser tratado por el santo oficio de Llerena, tanto más cuando el caso lo conocen muchas personas. Estas cuentan, que hay gran escándalo en la villa de Zafra, y que la gente del pueblo le llama la clériga.
Suplico a V. A. Mande se vea mi parecer y el del padre Fonseca, para bien de su iglesia y remedio a la profanación de los sacramentos.
Llerena 3 de agosto de 1634.

Con esta carta, comienza el seguimiento de Juan Díaz Donoso. La iglesia iba a comenzar su investigación particular. El miembro del tribunal Juan Vallejo, esperaba respuesta a su carta, ésta llego y en la misma se contaba lo siguiente:

En la ciudad de Badajoz, a diecisiete días del mes de febrero de 1635 años, yo el licenciado Don Felipe de la plaza, Deán en la santa iglesia catedral de esta ciudad, provisor oficial y vicario general en ésta y todo su obispado sede vacante.
Digo que a mi noticia es venido, que en la villa de Zafra esta un clérigo que se llama Juan Díaz Donoso, el cual es hermafrodita. Siendo como es tal clérigo, éste ha tratado con hombres y el de mujer de éstos, con gran daño y perjuicio de su conciencia. Creando, grandes notas de murmuraciones y escándalo de las personas que lo han sabido, oído, y entendido.
Y para que la verdad se sepa y averigüe, mandaba y mando a Francisco Salguero, presbítero y notario apostólico vecino de esta ciudad, que valla a la villa de Zafra y en ella y las demás partes de este obispado, haga averiguación de la certidumbre que tiene o a tenido en este auto, con todo secreto y recato posible examinando para ello, los testigos que fueran necesarios y que supieren, hubieren oído, entendido lo dicho, para que la verdad se sepa y la fama, rumor, que de lo contado hay en dicha villa de Zafra.
Para todo ello, me dio comisión en forma con facultad de excomulgar, y absolver a los testigos que pudieren decir en esta causa, y fueren rebeldes en ella.
Y así lo proveyó, mando y firmo y que este auto sirva de mandamiento en forma. Don Felipe de La Plaza ante mí Francisco Salguero.


Comienza por parte de la iglesia la búsqueda de testigos qué puedan demostrar, que Juan Díaz Donoso es hermafrodita. Los citados, serán personas que conocen a dicho clérigo, la pregunta más repetida por el notario apostólico será, ¿si saben qué es hermafrodita?


Las declaraciones serán mandadas a los inquisidores de Llerena, los cuales quedarán estupefactos ante tan sorprendentes testimonios. El Santo Oficio manda un auto ordenando se detenga al clérigo con muchísimo secreto y recato, y que dos médicos declaren los sexos que tiene Juan Díaz. Que certifiquen si lo declarado de que tiene sexo femenino es cierto, y que vean si está usado o no. Con lo que comenten los médicos, se llame dos comadres para que vean el sexo del presbítero, y declaren para poder comenzar de nuevo la causa, esto lo pide el inquisidor Jiménez Valverde.
La inquisición de Llerena va acoger el toro por los cuernos, no-sólo va a arrestar a Juan Díaz, sino que además va hacer diligencias para que el sastrecillo de Barcarrota, con quien dicen estuviera amancebado mucho tiempo, declare lo que sabe de lo sucedido.
Siguiendo la lectura del documento encontrado en el Archivo Histórico Nacional, lo siguiente es la venida del inquisidor de Llerena a esclarecer los hechos y pronunciarse en torno a la cabeza del proceso.
Desde el palacio de la inquisición en Llerena montado en el carruaje de caballos del Santo Oficio, pone rumbo a Zafra el inquisidor Osorio Serrano. Su misión, cerrar definitivamente el proceso contra Juan Díaz Donoso por hermafrodita. Se le presentan las delaciones y declaraciones de los testigos, y ante la evidencian de lo declarado por él mozo portugués de que el clérigo es mujer, el inquisidor pide urgentemente el arresto del presbítero. El inquisidor quiere rápidamente, que los médicos dictaminen el informe para creer la declaración del mozo portugués. Quieren saber, si el sexo femenino del que hace alusión Juan Rodríguez el joven lusitano es adecuado en sus dimensiones para recibir la verga viril, y si por él fluyen los menstruos; y en cuanto a las partes genitales que pertenecen al hombre, hay que examinar y ver si hay gran cantidad de pelo en el monte de Venus y alrededor del ano: igualmente hay que examinar bien si la verga viril esta bien proporcionada en grosor y longitud, y si se levanta, y si de ella sale semen: lo que se hará por confesión del hermafrodita, y por este examen se podrá verdaderamente discernir y conocer si el Clérigo es macho o hembra, o que sean lo uno y lo otro, si el sexo del hermafrodita tiene más de hombre que de mujer, debe llamársele hombre: y lo mismo con la mujer. Los médicos del Santo Oficio de la Inquisición de Llerena, van a ser los encargados de supervisar las partes íntimas del presbítero. Éstos no saben que Juan Díaz Donoso es sacerdote, por si acaso, la Inquisición determina que el protagonista de esta historia el día de la supervisión traiga puesta en su cabeza una capucha. Mientras llega ese momento, Juan Díaz sigue haciendo su vida normal, da sus misas, atiende a sus feligreses, familia, vecinos, con una tranquilidad que sorprende a la mismísima Iglesia. El clérigo tiene en su poder una carta importantísima que le da tal tranquilidad, el Papa le había concedido una bula para que él mismo eligiese la vida que quería vivir en su intimidad. Podía desear vivir como hombre o como mujer, pero siempre manifestando las actitudes y cualidades de uno de ellos, no de los dos, en términos de intimidad. Este hecho fue más que suficiente para que el sacerdote de Zafra no sufriese ningún tipo de vejación ante miembros de la Iglesia extremeña. Una vez verificada la bula del santo padre, la única orden recibida fue, la de ser trasladado a otra villa para así calmar murmuraciones en Zafra.
Sin embargo a sus amancebados jóvenes el portugués que vivía en Almendral y al sastrecillo de Bancarrota, la condena qué sufrirían sería la hoguera. En Llerena la Inquisición no tenía jurisdicción para condenar a la hoguera a los Sodomitas, pero si para hacerle un proceso como el caso que nos ocupa, y una vez concluso, mandarlos a la justicia civil para que ésta fuese la encargada de dictaminar la sentencia y de llevarlos al quemadero. La sentencia dictaminada por la justicia civil a los dos mancebos de la Cleriga de Zafra no aparece en éste legajo. Pero los reos condenados por sodomía en el siglo qué nos ocupa eran condenados a la hoguera por el brazo seglar. Las sentencias que se dictaminaban a los sodomitas decía lo siguiente:

“fallamos por la culpa que resulta de este proceso contra el dicho… que lo debo de condenar y condeno, a que de la cárcel y prisión en que está, sea sacado en una bestia de albarda, pies y manos atados con soga de esparto a la garganta, con voz de pregonero que manifieste su delito, y la justicia que mando se haga es, que sea traído por las calles publicas y acostumbradas de Llerena, llevado al quemadero en el lugar acostumbrado, y le sea dado garrote hasta que muera, y luego sea quemado con llamas de fuego; más, le condeno en perdimiento de todos sus bienes, que en cualquier manera tenga y le pertenezcan, que aplico a la cámara del fisco de su majestad y juzgando por esta mi sentencia definitiva, así lo pronuncio y mando con costas.”


TESTIMONIOS DE LOS TESTIGOS DEL PROCESO A LA “CLÉRIGA DE ZAFRA”.

Primer testigo

En la villa de zafra a 20 de febrero de 1635.

Para averiguación de lo contenido en el auto y cabeza de proceso. Yo Francisco Salguero, presbítero notario apostólico en virtud de la dicha comisión, recibí juramento en forma del testigo Esteban García Delgado “El Moco” y lo hizo, por una señal de cruz en que puso su mano derecha, prometió decir verdad y siendo preguntado por el tenor de dicho auto dijo:
Que lo que sabe acerca de lo contenido con el auto, es que este testigo conoce a Juan Díaz Donoso, el cual sabe que es hombre que ordinariamente tiene en su casa conversaciones con hombres mozos de todo género. A su casa van personas ricas como pobres, principales y villanos, seglares y clérigos, lo mismo en las noches de verano como en las de invierno y entre días muchas veces; sentándose a la puerta, teniendo juegos, y en su casa tañen cantan y bailan toda gente moza.
Si bien éste testigo avisto de un año a esta parte, que ha habido pocas o ninguna visita. Éste testigo ha oído decir a gente de la villa de Zafra, que Juan Díaz Donoso tiene ambos sexos de hombre y de mujer. Éste testigo a oído decir, que estando del estomago enfermo el dicho Juan Díaz, entro una mujer de esta villa que no se acuerda de su nombre, era forastera a visitarle. Le preguntó que tenia, contestándole el clérigo que le dolía el estomago. La mujer con malicia por haber oído decir que no tenía natura de hombre, le paso la mano en el estomago. Preguntándole es aquí, respondió Juan Díaz que más abajo, la mujer con la dicha malicia llego hasta tentarle en sus partes secretas. A la mujer le pareció según ha oído decir él testigo, que tenia natura de varón y que esto es la verdad de lo que sabe.
Para el juramento lo fechó y lo firmó, que es de edad de treinta año poco más o menos.

Esteban García Delgado ante mí Francisco Salguero.

Segundo testigo

En la villa de Zafra, en el dicho día mes y año, yo Francisco Salguero recibí juramento en forma de derecho a Don Alonso Delgado vecino de Zafra. Prometió decir la verdad, y preguntado éste por la causa del proceso dijo:
Que éste testigo conoce a Juan Díaz Donoso de vista trato y comunicación que con él a tenido muchos años, por haber comido y bebido juntos, y que lo que sabe de lo contenido en dicho auto es: que estando éste testigo en su casa hablando con él del clérigo hace unos 8 años, que éste testigo le enseñaba el oficio de sedero, preguntándole al testigo si sabía que orden tenia de vivir dicho clérigo, comentó que un día Juan Díaz le comentó que tenia un bulero de Roma de su Santidad en que dispensaba con él para que tomase el estado que quisiese de hombre o de mujer. Que a este testigo se lo enseñó y lo tuvo en sus manos, el cual por no saber latín no lo entendió. Él dicho Juan Díaz le persuadió una noche para que se quedase en su casa, porque al día siguiente de madrugada habían de encerrar unos toros que se habían de correr en esta villa. Éste testigo a persuasión suya se queda aquella noche en su casa acostado sobre un banco al lado de una ventana, para cuando oyese la venida de los toros avisarle.
Juan Díaz se fue acostar más de las once de la noche y desde su cuarto, llamaba a éste testigo para que se levantase del banco y fuese a dormir a su cama, respondiéndole que bien estaba allí, que desde esa posición oiría la venida de los toros y le llamaría. Él sacerdote le volvió a decir y persuadir para que se fuese a la cama con él, y el testigo no se movió del lugar en el que estuvo hasta por la mañana. Él testigo dijo que no era buena su amistad, y nunca más volvió a la casa del clérigo.
Un día yendo a la casa de su hermano le salió al encuentro Juan Díaz con una espada. Preguntando él testigo que quería, éste le dijo, que porqué había dejado su casa y conversación, respondiendo él mozo, que no estaba a cuento tenerla con él, que se fuese con Dios y mirase no le apretase y le dijese alguna cosa que le sentara mal. Él cura le respondió, que podía hacer porque él era mujer, contestándole el testigo, que si era mujer que se fuese a hilar y no anduviese alborotando las calles y le pusiese en ocasión de que se perdiese.
Éste testigo queriendo a una mujer de la villa, vio como Juan Díaz le ofreció dinero y trigo a la mujer para que dejase a éste testigo. El testigo sabe que el Juan Díaz es clérigo presbítero, porque dicho testigo le ha ayudado muchas veces en misa, y después decidió no oírle la misa, y que sabe que algunos de la villa sabiendo sus cosas huyen de él, y que es la verdad para el juramento.
Que tiene fecha y lo firmó, y que es de edad de treinta años poco más o menos. Alonso Delgado ante mí Francisco Salguero.

Tercer testigo

En la villa de Zafra en el dicho día mes y año, yo el notario hice comparecer ante mí a Francisco Gómez, vecino de la villa del cual recibí juramento y prometió decir la verdad, y que siendo preguntado por el tenor de la cabeza del proceso dijo:
Que conoce a Juan Díaz Donoso de vista trato y comunicación casi toda su vida, porque ha sido su vecino. Solo sabe que a casa del dicho cura acude mucha gente moza, hombres a conversaciones, tanto de día como de noche y en las siestas de verano. Unos con otros se holgaban, cantaban, bailaban, y tañían y tenían otros entretenimientos. Y que no sabe otra cosa de lo que se le pregunta, y esto es la verdad para el juramento. No firmo por no saber, siendo de edad de 28 años, ante mí Francisco Salguero.

Cuarto testigo

En la villa de Zafra a 19 días del mes de febrero de 1635, yo el notario recibí juramento de Manuel Carballo vecino de esta villa. Prometió decir la verdad y siendo preguntado por la cabeza del proceso dijo:
Que conocía a Juan Díaz porque lo trato y comunicó algunos días. Sabe él testigo que es clérigo presbítero porque le ha visto decir misa varias veces. Y lo que sabe de dicho sacerdote es, que yendo hace unos cuatro años para su casa convidaba a este testigo a menudo. Le ofrecía todo lo que tenía en su morada, una noche se quedo a dormir en casa de Juan Díaz Donoso porque este le dijo que le guardara su casa mientras él iba a escribir unas cartas a unas mujeres que se lo habían pedido.
Al regresar de nuevo el clérigo sé a costo con él testigo en su cama. Después de haber pasado una hora más o menos, Juan Díaz le metió la mano debajo de la cintura y lo echo encima de sí. Y éste testigo que estaba con la malicia le echó las manos a sus partes genitales, a lo cual el sacerdote no consintió. El testigo le decía que si eso lo había hecho con otros porque no se lo dejaba hacer a él. Contestándole Juan Díaz que si se lo dejaba hacer que no se alborotase y volviese a meterse en la cama con él, él testigo no quiso antes le dijo que era un bellaco infame y que le abriese la puerta que se quería marchar.
El presbítero le decía que no se marchara que le haría otra cama en otro lado de la casa por no abrir la puerta en aquellas horas, no queriendo el testigo. Saliendo a la casa delantera éll testigo le comentaba que mirase lo que hacía que él diablo le engañaba y que los sacerdotes no habían de dar tan mal ejemplo.
Respondiendo Juan Díaz que él testigo era un hombre de bien un ángel que había entrado en su casa, que no descubra nada que yo le prometo de aquí en adelante de hacer vida nueva. Después de todo esto estando en la puerta de la casa Juan Díaz le dijo al testigo, señor Carballo, auque todos dicen que soy hembra no lo soy y le mostró teniendo los calzones blancos puestos un bulto a modo de genital de varón. Y con esto el testigo le dio tres o cuatro palos y le dejó no volviendo a hablar con él.
Cuando Manuel Carballo entra en la iglesia no quiere oír su misa. Después de esto a oído decir a unos cuantos que es mujer y a otros que es varón y hembra siendo esto público y notorio en la villa de Zafra. Esta es la verdad de su juramento, firmó siendo de edad de 33 años Manuel Carballo ante mí Francisco Salguero.

Quinto testigo

En la villa de Zafra en el dicho día mes y año, yo el notario recibí juramento de Francisco Hernández Navarrete zapatero vecino de esta villa. El cual prometió decir la verdad, siendo preguntado por el tenor del auto del ilustrísimo Deán provisor dijo:
Que conoce al dicho Juan Díaz porque ha sido su vecino mucho tiempo, sabe que es clérigo presbítero y que como tal éste testigo le ha visto decir misa. De lo que dice el auto solo sabe, que él cura es una persona muy amistosa para con todos, y que éste testigo tiene malas sospechas del sacerdote respecto de la amistad de los que van a su casa. Y que esto es lo que sabe para el juramento, fechó y lo firmó, siendo de edad de treinta años. Francisco Hernández, ante mí Francisco Salguero.

El notario mete una coletilla en el documento diciendo, que todos los testigos concuerdan con la información original.
Todo este trabajo de información dirigido por el notario, se hace a espaldas del “posible hereje” Juan Díaz Donoso alias “La Clériga”.
Por ese entonces un mozo portugués que trabajaba de ayudante con un zapatero de zafra va a descargar su conciencia, contando a al zapatero con quién trabaja en la villa los hechos ocurridos cierta noche con dicho Juan Díaz en su casa. .

Declaración de Domingo Rodríguez Hidalgo

Domingo Rodríguez Hidalgo de oficio zapatero vecino de dicha villa de edad de 26 años de edad, el cual por descargo de su conciencia dice y denuncia, que el lunes pasado estando descansando en la casa que es su morada en la calle de jerez a horas de por la mañana, un mozo oficial de zapatero que se llama Juan, portugués de nación, que será de veinte años poco más o menos, estaba hablando en secreto con la mujer de éste declarante, él cual le preguntó al dicho Juan qué era lo que hablaba en secreto.
Respondió el mozo que no lo podía decir y notaba al portugués como espantado, atónito. Le volvió a preguntar que dijese que tenía y que si había visto al diablo, respondiendo que no. Comentaba el mozo que me iba a decir lo que le pasaba porque sino reventaría, diciendo lo siguiente.
Que el domingo en la noche del día veinte de este mes y año, fue el dicho Juan a casa de Juan Díaz Donoso presbítero vecino de Zafra. Estuvo en la lumbre calentándose para irse después a acostar a su posada la cual esta en la misma calle del dicho sacerdote, una casa en medio las divide. Él clérigo le dijo y le persuadió al dicho portugués que se quedase sentado en la lumbre, y que se quedase a dormir con él aquella noche. Juan lo hizo y se acostaron juntos en una cama y que tuvieron exceso carnal tres veces aquella noche.
Éste declarante le dijo que si lo había engañado el diablo y que si había sido por detrás, respondiendo que por los Santos Evangelios que el dicho Juan Díaz era mujer. A la mañana siguiente amaneció lloviendo y el dicho presbítero dijo a Juan el Portugués que también había de llover sobre él, el mozo se puso debajo de él teniendo exceso carnal con el clérigo. Y que luego este declarante le dijo a su mujer que le pusiese una ropa limpia para que el dicho Juan se fuese a confesar, así lo hizo y fue a San Francisco.
El portugués no confeso porque no había hallado ocasión. Dice asimismo éste declarante que el dicho Juan le dijo que pocos días antes que sucediera lo que tiene declarado, le había comentado el clérigo Juan Díaz Donoso que habían de venir a prender a esta villa a unos portugueses porque habían hecho unas muertes. Y que como era el dicho Juan portugués, que si oía en la noche golpes en la puerta de su posada, le dijo el presbítero que saltase a su corral que allí estaría seguro porque aunque está una casa en medio no iban a ir a la casa del cura.
Dice más éste declarante, que en la noche que estuvieron juntos él y el clérigo, comentaba éste referido, que el clérigo tenía en su casa a un mozo sastre de Badajoz que con él había tenido las mismas ocasiones y que lo sustentaba. Que no le dijo a este declarante que tiempo estuvo en la casa del cura ni como se llama el dicho sastre.
Y dice más éste declarante, que lo que el dicho Juan portugués le refirió de lo que pasó con dicho clérigo se lo contó a Benito Pérez albañil cuñado de este declarante vecino de Zafra. Lo mismo lo sabe la mujer del tal Benito Pérez como la mujer del declarante por habérselo contado el dicho Juan. Y que no sabe que otra persona tenga noticia del hecho.
Que el dicho Juan trabajaba en la casa del declarante como su ayudante durante 24 días más o menos, y que duerme en la casa de la madre del declarante que es la casa que está en la calle del dicho clérigo. El dicho Juan es natural de junto a Villa viciosa en el reino de Portugal, y no sabe el nombre del lugar más que son como caseríos que están apartados unos de otros. Y que lo que tiene dicho es la verdad y que no lo ha dicho por odio sino por cumplir con su conciencia, y por la obligación que tiene de obedecer al santo oficio y por haber oído el edicto de la fe.
Se le dijo que guardase secreto bajo censuras y el declarante lo prometió. No firmó por no saber ante mí el notario.

Mientras tanto el clérigo de Zafra al que el pueblo llamaba “La Clériga”, seguía haciendo su vida normal, ajeno a los acontecimientos que se estaban fraguando muy cerca de su domicilio.
La declaración de Domingo Rodríguez es elemental para poner en funcionamiento al santo oficio de Llerena. Lo declarado es enviado al Inquisidor de Llerena, Don Cristóbal Serrano Osorio. Éste personaje inquisitorial va a visitar la villa de Zafra para tomar declaración a Domingo Rodríguez y a su cuñado el albañil en audiencia de la tarde.
Las noticias delclérigo de Zafra empieza a preocupar a los inquisidores de Llerena. Para verificar que la declaración de Domingo Rodríguez es fiable el santo oficio va a mandar hacer una declaración a este joven lusitano. El encargado será Alonso de Jeremías Porras, arcediano de la villa de Feria y comisario de la Inquisición en ella. El tribunal, quiere comprobar que lo declarado en la primera declaración es igual, a la declaración de Juan “el portugués”.


DECLARACIÓN DE JUAN EL PORTUGUES.


En la villa de Zafra Don Alonso de Jeremías y Porras arcediano de Feria y comisario del Santo Oficio en ella, llamo a un hombre que dijo llamarse Juan Rodríguez de oficio zapatero. Era natural del Reino de Portugal de edad de 23 años, el cual recibió juramento de manos del señor comisario, prometiendo decir la verdad en todo lo que supiere guardando secreto de todo.

Preguntado si sabe o presume la causa para la que ha sido traído ante el dicho señor comisario departe del santo oficio.
Dijo que presume será para hacer alguna declaración acerca de un negocio, sobre el cual, estuvo preso por el santo oficio secretamente en casa de un familiar de la inquisición de esta villa de Zafra de la que salió sin hacer ninguna diligencia.
El comisario le dijo que contase lo que sabía del dicho negocio por el que entiende fue preso.
Dijo que en la cuaresma de hace dos años estando este declarante en esta villa posando en casa de la madre de Domingo Rodríguez, maestro zapatero de este declarante en cuya casa trabajaba sita en la calle Santa Ana. Llamó a su posada un clérigo, que se llamaba fulano Díaz de cuyo nombre propio no se acuerda. Solo sé que vive por encima de la casa de este declarante. Que entre las dos casas hay una casilla en medio y los corrales de la casa donde posaba, y de la del dicho clérigo está pared en medio lindando uno con otro sin que la dicha casilla lo impida.
Habiendo llamado el dicho clérigo a la puerta de la posada de este declarante, éste le abrió. El cura le dijo: mira Juan que andan por aquí prendiendo a unos portugueses que mataron un hombre en Portuga,l si os teméis de algo y llamaren a esta posada de noche saltad por la pared del corral, ven a mi casa que allí estarás seguro.
Aquella misma noche como a la mitad de ella oyó éste declarante llamar a la puerta y no quiso levantarse. Y pasados dos días fue éste declarante a casa de dicho clérigo a las ocho de la noche a beber un jarro de agua. Al tiempo de querer volver éste declarante a la posada, le dijo el cura que no se fuese sino que se sentase con él a la lumbre. Estando sentado le dijo el clérigo que como dormía, respondiéndole éste declarante que con poco abrigo en una mala camilla y pasando frío.
El clérigo le dijo que se quedase en su casa que allí dormiría y le mandaría hacer una cama al lado de la lumbre. Mandando a una mulata que lo servía, aunque ésta no dormía en su casa, ledijo que hiciese la cama junto a la candela. Una vez terminada de hacer la mulata se fue a dormir a su casa quedando sólo el declarante y el clérigo, el cual se fue acostar a su cama quedándose acostando éste declarante. Antes de acabase de acostar lo llamo el dicho clérigo y le dijo, que se acostase con él en su cama. El sacerdote porfió varias veces al joven para que se acostase con él, recibiendo el no por respuesta. Al final obligó al declarante a dormir con él como lo hizo.
Una vez acostados el clérigo comenzó acariciando el cuerpo del declarante desde el pecho hasta las partes vergonzosas, escandalizándose éste declarante de semejantes acciones. Queriéndose levantar el sacerdote le dijo que se quedase quieto porque él era mujer. A lo cual le respondió que como podía ser pues tenía barbas y decía misas, contestándole el clérigo que muchos remedios había para hacer nacer la barba. Luego el cura llegando mas al declarante lo puso sobre sí, y éste declarante llegando con sus manos hacia las partes vergonzosas del clérigo no hallo natura de hombre sino de mujer.
Tuvo exceso carnal y cópula como con una mujer, y pasando este acto y habiéndose satisfecho volvió a repetir el acto dos veces más, en cuanto a su natura era mujer.
Por la mañana estándose levantando le dijo el clérigo que callase y mirase lo que decía, y que si fuera hombre de bien y callado lo traería más galán que el sol porque así lo había hecho con un sastrecillo de Barcarrota.
Éste declarante una vez salido de la casa del clérigo se fue derecho al convento de la mina de esta villa que es de la orden de Santo Domingo. No hallando a la comunidad en el convento porque estaban en la iglesia mayor en un entierro, fue luego allá y sé confeso con un fraile en la iglesia mayor. Y cuando éste declarante escandalizado se lo contó a su maestro Domingo Rodríguez arriba referido, el mismo lo contó al santo oficio para que comprendiesen lo ocurrido.
Preguntado si volvió más a la casa del dicho clérigo, o si se había vuelto a ver o hablar dijo el declarante:
Que aquel día que sé confesó, acabado de confesar estando en la dicha iglesia mayor el dicho clérigo llama a éste declarante y no solo no quise ir a su llamada sino que salió por otra puerta de la iglesia no volviendo a ir más a su casa, ni verlo, ni hablar con él. Dos días más tarde fue éste declarante preso durante la noche como dicho tiene, y una vez suelto se partió de Zafra para Andalucía donde a estado hasta ahora. Volvió a esta villa desde la del Almendral donde ahora reside a comprar unas suelas para su maestro donde trabaja hace dos meses.
Preguntado si sabe o ha oído decir que el dicho clérigo haya tenido algunos malos tratos con otros hombres.
Dijo que después de lo que le dijo el clérigo acerca del sastrecillo de Barcarrota referido arriba, estando éste declarante cómo un mes poco más o menos en la dicha villa del Almendral trabajando en casa de su maestro que se llama Alonso García, estaban otros hombres en conversación tratando de cosas diferentes. Uno de los hombres dijo que una monja había parido después ser varón. Dijo un Don Luís Venegas vecino de Barcarrota que estaba en la conversación, que un mocito sastre natural de su tierra de Barcarrota le había dicho que estando en la villa de Zafra había tenido acceso carnal con un clérigo como con una mujer. Éste declarante al escuchar le preguntó a Don Luís, que si le había dicho el sastre cuando le contó lo referido el lugar donde vivía el dicho clérigo y que si era en Zafra, a lo que no se acuerda bien la respuesta que le dio el dicho Don Luís, más de haberle oído decir cuando contó el caso que el dicho clérigo decía misa.
Preguntado que personas estaban presentes en la dicha conversación en la villa del Almendral cuando contó el dicho Don Luís el caso.
Dijo: que Alonso Benítez labrador que vivía en Fuente de Cantos, y que quiere mudarse a vivir en el Almendral. Domingo Netos zapatero vecino del Almendral y éste declarante. Lo que ha dicho es la verdad y lo que sabe por el juramento, que lo declarado no lo dice por odio ni enemistad sino por juramento y por descarga de su conciencia.
Se le encargó el secreto y él lo prometió por el dicho juramento firmándolo con su nombre.

En el documento se pueden ver las firmas de Juan Rodríguez el mozo portugués, del arcediano de Feria el cual le hacía las preguntas llamado Alonso Jeremías Porras y la del escribano Juan Barragán.
Esta declaración es mandada a los inquisidores de Llerena los cuales quedan estupefactos ante tan sorprendente testimonio. El santo oficio manda un auto ordenando se detenga al clérigo con muchísimo secreto y recato, y que dos médicos declaren los sexos que tiene Juan Díaz. Que certifiquen si lo declarado de que tiene sexo femenino es cierto, y que vean si está usado o no. Que con lo que comenten los médicos se llame dos comadres para que vean el sexo del presbítero, y declaren para poder comenzar de nuevo la causa. Esto lo pide el inquisidor Jiménez Valverde.
La inquisición de Llerena va acoger el toro por los cuernos, no sólo va a arrestar a Juan Díaz sino que además va hacer diligencias para que el sastrecillo de Barcarrota con quien dicen estuviera amancebado mucho tiempo, declare lo que sabe de lo sucedido.
Siguiendo la lectura del documento encontrado en el Archivo Histórico Nacional, lo siguiente es la venida del inquisidor de Llerena a esclarecer los hechos y pronunciarse en torno a la cabeza del proceso.
Desde el palacio de la inquisición en Llerena montado en el carruaje de caballos del Santo Oficio, pone rumbo a Zafra el inquisidor Osorio Serrano. Su misión, cerrar definitivamente el proceso contra Juan Díaz Donoso por hermafrodita. Se le presentan las delaciones y declaraciones de los testigos, y ante la evidencian de lo declarado por él mozo portugués de que el clérigo es mujer, el inquisidor pide urgentemente el arresto del presbítero. El inquisidor quiere rápidamente que los médicos dictaminen el informe para creer la declaración del mozo portugués. Quieren saber si el sexo femenino del que hace alusión Juan Rodríguez el joven lusitano es adecuado en sus dimensiones para recibir la verga viril, y si por él fluyen los menstruos; y en cuanto a las partes genitales que pertenecen al hombre, hay que examinar y ver si hay gran cantidad de pelo en el monte de Venus y alrededor del ano: igualmente hay que examinar bien si la verga viril esta bien proporcionada en grosor y longitud, si se levanta y si de ella sale semen; lo que se hará por confesión del hermafrodita, y por este examen se podrá verdaderamente discernir y conocer si el Clérigo es macho o hembra, o que sea lo uno y lo otro, y si el sexo del hermafrodita tiene más de hombre que de mujer, debe llamársele hombre y lo mismo con la mujer.
Los médicos del Santo Oficio de la Inquisición de Llerena van a ser los encargados de supervisar las partes íntimas del presbítero. Éstos no saben que Juan Díaz Donoso es sacerdote, por si acaso, la Inquisición determina que el protagonista de esta historia el día de la supervisión traiga en su cabeza una capucha. Mientras llega ese momento Juan Díaz sigue haciendo su vida normal, da sus misas, atiende a sus feligreses, familia y vecinos con una tranquilidad que sorprende a la mismísima iglesia. El clérigo, tiene en su poder una carta importantísima que le da tal tranquilidad. Carta sorprendente para la época, el Papa le había concedido una bula para que él mismo eligiese la vida que quería vivir en su intimidad. Podía elegir vivir como hombre o como mujer, pero siempre manifestando las actitudes y cualidades de uno de ellos no de los dos en términos de intimidad. Este hecho fue más que suficiente para que el sacerdote de Zafra no sufriese ningún tipo de vejación ante miembros de la iglesia extremeña. Una vez verificada la bula del santo padre, la única orden recibida fue la de ser trasladado a otra villa para así calmar murmuraciones en Zafra.